viernes, 22 de noviembre de 2013

El disparate ha ido demasiado lejos


Podríamos alegar que fueron organizaciones hipersubvencionadas quienes llevaron a cabo la cadena humana, y sería cierto. Podríamos aducir que contó con todas las facilidades del Gobierno autonómico de Cataluña, y sería cierto. Que fue espoleada por los medios de comunicación públicos y concertados, que son todos, y sería cierto. Que contó con menos apoyo político explícito –sólo Convergència, ERC y CUP- que en ocasiones anteriores, y también sería cierto. Pero lo que de ninguna manera podemos hacer es negar la magnitud del acontecimiento, cerrar los ojos a la nueva demostración de fuerza del separatismo en Cataluña.
Más de treinta y cinco años no queriendo ver el problema, rebajando su gravedad –“son cuatro gatos”, decían-, poniéndole paños calientes, cediendo más y más competencias, haciendo la vista gorda a los incumplimientos judiciales en materia lingüística, regalando la educación al nacionalismo y desentendiéndose de ella, facilitando todos y cada uno de los instrumentos que han precisado los diferentes Governs para su labor de ingeniería social; tolerando, en fin, una paradiplomacia que hoy ya vende al mundo la imagen delirante de una Cataluña oprimida y en estado de semi-colonización.
El Estado no ha podido ser más generoso; una generosidad, rayana en el candor, que no ha servido para integrar a los insaciables nacionalismos fragmentarios sino para alimentarlos. Algunos parecen no haber entendido aún que no se puede integrar a quien no se quiere integrar. Cataluña es “nacionalidad” en la Constitución, “nación” en el Estatuto y ha construido, con la permisividad suicida de Madrid, estructuras propias de un Estado, ¿por qué no iba entonces a ser un Estado?, inquieren hoy los secesionistas.
El disparate ha ido demasiado lejos. Si el Estado no actúa, no ejerce su poder, que es inmenso, será responsable y cómplice de lo que pueda devenir en el futuro. Una Cataluña escindida del resto de España no acabaría con el problema, lo iniciaría: crearía un gravísimo precedente para otras regiones con aspiraciones separatistas a las que ya no se podría contener, reclamaría territorios “propios históricamente” –Valencia, Baleares, la franja de Aragón- y, en definitiva, acabaría por balcanizar la península ibérica haciendo de España, el Estado Nación más antiguo de Europa, un Estado fallido, un Estado extinguido.
La inacción del gobierno -y del jefe del Estado- es irresponsable y suicida.
No valen los encuentros privados en una lóbrega habitación de la Moncloa, vale lo que se diga y se escuche a la luz de los focos del Parlamento, que es la sede de la soberanía nacional. España no es un intercambio de cromos cuyo futuro puedan dirimir dos presidentes -nacional y autonómico- un martes cualquiera. La soberanía nacional reside en el pueblo español en su conjunto, no se puede trocear. Y no se va a trocear. España pertenece, toda, a todos los españoles. Cádiz, Santander o Coruña son también parte de los separatistas que se manifestaron ayer. Y Gerona, Montserrat o Pedralbes son parte irrenunciable de gaditanos, santanderinos o coruñeses. Irrenunciable. La Historia, y quizá los tribunales, juzgará a los insensatos que pretenden que la sociedad catalana elija, entre Cataluña y España, sólo a una de ellas. Pudiendo tener las dos.

Santiago Abascal Conde
Presidente de la Fundación DENAES

Diario La Razón, 12 de octubre de 2013

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