miércoles, 19 de octubre de 2011

María José Rama; Todo por la Patria



¿Qué más puede pedirle España a una joven viuda que, temprana, violenta e injustamente, pierde a su ser más querido, -al amor de si vida-, en acto de servicio a España, a manos de unos cobardes asesinos separatistas? Francamente, creo que nada más podíamos esperar de alguien que ya lo había dado todo, y a la que la vida, -secuestrada y manejada a su antojo por unos criminales-, le había dado el mayor palo que podía esperar en aquel 24 de septiembre de 2002, aciago día en que fue asesinado en Leiza su marido, el cabo de la guardia civil Juan Carlos Beiro, a los 32 años de edad.

De Asturias a Leiza fueron los dos; él a cumplir con el deber, ella acompañándole. Pero a Oviedo hubo de volver sola con sus dos pequeños mellizos como recuerdo imborrable de Juan Carlos, hombre deportista y esforzado que no podía imaginar la suerte que le depararía la vida aun siendo consciente del riesgo de ser guardia civil en una localidad controlada por la mafia. Reza el lema que la Guardia Civil muere pero no se rinde. Y es verdad, aunque en esta ocasión la que mantiene enarbolada la bandera de la lucha por la justicia y por España es la viuda de un guardia, acaso uno de los modos de la Guardia Civil de no rendirse jamás.

En efecto, nada deberíamos pedir ni esperar de quién ha entregado más que nadie, de quien debería ser objeto de cuidados y atenciones por parte de la sociedad, para que esa sociedad pueda devolver la deuda contraída con quienes cayeron como avanzadilla en la defensa de la misma y de su unidad. A Juan Carlos Beiro solo podemos compensarle el pago por su sacrificio entregándonos a sus hijos y a su viuda, haciéndoles la vida más fácil. Ellos son los que esperan de nosotros; somos todos los que estamos en deuda.

Sin embargo la valiente María José Rama ha vencido al dolor de su viudez y al dolor aun mayor de la orfandad de sus hijos, y sigue entregando lo mejor de ella misma en favor de la causa común de España. Lo pudimos comprobar los que asistimos a la conmemoración del IX aniversario del asesinato de Juan Carlos Beiro, frente al lugar exacto donde explosionó la bomba etarra que acabó con su vida. Allí estaba su viuda, firme, emocionada y sonriente; hablando como hablan las personas que distinguen lo accesorio de lo esencial, y lanzando un mensaje que representa a todos los españoles dignos de serlo: “Maldigo con mayúsculas a aquellos políticos indignos que traicionan a su patria dando oxígeno, tiempo o esperanzas a nuestros enemigos. No podéis mandar a Leiza a morir a un ser humano en defensa del País para luego negociar con sus asesinos. No podéis permitir que estos amigos que viven aquí, en Leiza, España, tengan que pasar miedo a diario por ser españoles, al estar amenazados por los enemigos de la patria, esa patria cuyos valores defienden, y vosotros sentaros con quienes les amenazan, coaccionan y asesinan”

Todo eso y mucho más dijo María José con una sonrisa sincera, la más alejada posible de una mueca impostada, sin atisbo de estar carcomida por el odio, sin apariencia de estar derruida por el dolor, sin que el sentimiento de traición arruine su alegría de vivir. Una sonrisa verdadera a juego con su valentía, y con su esperanza de victoria, y que a todos nos da aliento y alimenta nuestro orgullo de formar parte de una patria que cuenta con gente admirable y que se resiste a aceptar su división y su fin aun a riesgo de perder la vida.

Toda una lección para los cobardes etarras y para los traidores que negocian con ellos. Pero también para todos nosotros que estamos faltos de referencias positivas y valerosas y de personas que hablen de la patria sin complejos. Me permito concluir como lo hizo María José en Leiza: “Y termino con dos vivas. Dos vivas que quiero resuenen desde este rincón de Leiza en toda España: !Viva la libertad!, ¡Viva España!” Juan Carlos Beiro muere, pero María José Rama no se rinde.

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