martes, 18 de octubre de 2011

Pello Urquiola, bertsolari españolista



Parece mentira que en algunos lugares exista esperanza después de décadas en las que el miedo ha sido el imperio absoluto. En Leiza, uno de los rincones más bucólicos de España, el verde dominante ha sido superado por el rojo de la sangre y por el oscuro miedo regado por los etarras. Pero en ese verde valle tenebroso hay hombres libres y valientes, -hay hombres en definitiva-, que sobreviven cada día. Allí está, entre otros pocos, Pello Urquiola, como un oasis en el desierto, cual flor en un estercolero. Allí está, firme en su cojera, arraigado a la tierra pero aun más a sus convicciones, un hombre libre, que canta en vasco su amor a Navarra y a España.

Pello Urquiola es el bertsolari españolista, el bardo de leiza, que ha desafiado a la mafia terrorista, que no teme a la muerte sino al miedo, que con la lengua vasca que oyó en la cuna, con la lengua de sus afectos, arremete contra los separatistas y expresa quejumbroso su deseo de una España unida. Por todo ello, Pello Urquiola es mucho más que un patriota, en un héroe de los de verdad, es un hombre incorruptible. Pero, a decir verdad, y sin ánimo de restar épica a su gesta, Pello no está absolutamente sólo; le acompañan un puñado de hombres y mujeres decentes, que casi se cuenta con los dedos de las dos manos, entre ellos el gran Silvestre Zubitur, concejal de UPN-PP durante años y hoy concejal de Derecha Navarra y Española; y le acompañaba también hasta su cobarde asesinato José Mari Múgica. Un trío de audaces, – que la ETA ha convertido en dúo-, y que comparten valor con los guardias civiles destinados en la localidad. Pero también comparten infortunio; no en vano la Guardia Civil perdió allí a uno de sus jóvenes hombres mediante una bomba activada desde la cobarde distancia. Allí perdió la vida, sirviendo a España, el cabo Juan Carlos Beiro, en tierra de traidores y renegados, pero en tierra de hombres únicos y valientes que le acompañaron hasta el final, y le acompañan aun hoy, después de su muerte.

Allí estuvimos recientemente otro grupo de españoles, acompañando a los bravos y leales de Leiza en su homenaje anual a Juan Carlos Beiro, soportando los reproches de algunos de los amigos de la ETA, y el silencio impresionante que ha impuesto la mafia. Silencio que rompimos deliberadamente al son de los vítores a España y a la Guardia Civil, y silencio ominoso y culpable que volvió a romper el bueno de Pello Urquiola entonando unos sentidísimos versos junto al lugar donde aquel joven guardia civil cayó en la mortal y traicionera trampa de los asesinos separatistas.

La sencillez de los versos de Pello Urquiola sobrecogen a quien los escucha, tanto como el lugar inhóspito para la libertad donde los pronuncia, y tanto como que sean expresados en vasco y traducidos al alimón al español por el pintoresco y extraordinario Silvestre, lo que compone un dúo de excepción, una imagen de una España que se resiste a la infamia de permitir que Leiza no sea suya, como siempre lo fue. He tenido la fortuna de conocer a ambos en Leiza, -en su ambiente-, y fuera de Leiza, en actos del Foro de Ermua o de la Fundación DENAES; pero sobre todo he tenido la inmensa suerte de aprender de su autenticidad, de admirar su jovialidad, de contagiarme de su esperanza, de fortalecerme en mis convicciones gracias a su ejemplo.

Sé que habrá quien se sorprenda de que alguien que también ha dado la cara por España en tierra vasca escriba con tanta admiración de quienes hacen lo propio en Navarra. Pero, -entiéndanme-, puedo asegurarles que hay quienes lo hacen en un ambiente en el que el oxigeno de la libertad falta de manera absoluta, en el que todo lo que huela a España ha sido postergado sin piedad ni matices, en el que la soledad es la más brutal constatación de una derrota que casi se palpa. Por eso creo que Pello Urquiola y los últimos de Leiza son héroes entre los héroes. Una visita a Leiza les confirmará tal afirmación, y paradójicamente, les puede devolver la esperanza en una España unida.

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